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Hotel Doña Manuela - Allí donde los siglos descansan.- La magia de un pasado que engrandece el futuro

  • Foto del escritor: Ángel Galeote
    Ángel Galeote
  • 16 ene
  • 4 Min. de lectura

El sonido del tiempo en Daimiel, allí donde los siglos descansan.



Tac… tac… tac…


El eco de una vieja máquina de escribir rompe el silencio, como si alguien —quizá un cronista olvidado o el propio Cervantes— siguiera tecleando la historia desde algún rincón de la Mancha.



Cada golpe de tecla marca el paso lento del tiempo en esta posada de Daimiel, donde los siglos no se han ido… simplemente han decidido quedarse a vivir.



Nada más cruzar la puerta, el viajero comprende que no ha entrado en un hotel, sino en un refugio de memoria.




Ladrillo visto, vigas de madera oscura, suelos que han aprendido el peso de muchas botas y muchas historias. Aquí el tiempo no corre: conversa. Se sienta a tu lado, te observa y espera a que escuches.



El mostrador de madera, firme y noble, parece haber recogido confidencias de arrieros, caminantes y soñadores. Tras él, estanterías que guardan papeles, llaves y recuerdos, como si cada objeto aguardara pacientemente su turno para contar algo.



Y allí, discreta pero poderosa, la máquina de escribir antigua: testigo silencioso de cartas de amor, diarios de viaje y noches manchegas escritas a la luz de una lámpara temblorosa.


Las paredes, vestidas de cal y tonos de tierra, abrazan al visitante con una calidez que no se aprende en escuelas modernas.



Platos decorativos, relojes detenidos, lámparas que cuelgan como en una venta de otro siglo… todo susurra que este lugar ya existía antes de que llegáramos y seguirá existiendo cuando nos vayamos.



Si uno alza la mirada, descubre el techo como un cielo interior: vigas cruzadas, madera viva, luz que cae con la paciencia de lo antiguo.



No cuesta imaginar a Don Quijote y Sancho reposando aquí, discutiendo si lo vivido fue aventura o sueño.


Y entonces comienza el camino.


Avanzar por los pasillos es dejar atrás al viajero moderno para convertirse, paso a paso, en caballero de la Mancha. El suelo de baldosas acompaña con su ritmo pausado, las paredes observan en silencio, los espejos devuelven una imagen distinta a cada tramo.




Aquí no se camina: se atraviesa un umbral invisible. Cada paso es una renuncia al ruido del mundo y una entrega a la imaginación.


Las butacas junto a los ventanales invitan a detenerse, como si el propio edificio pidiera calma. Plantas vivas, mesas de madera, reflejos que multiplican el espacio y el tiempo.


El pasillo no conduce solo a una habitación: conduce a otra época. A estas alturas, el viajero ya no anda… cabalga.


«¡Aprestad sin demora mi aposento, fiel posadero!, que la hermosura de Daimiel me llama a hermosos sueños y a reposar bajo su hechizo!»




Al abrir la puerta, la transformación se completa...


La habitación recibe con una serenidad profunda, casi ceremonial. La cama, robusta y honesta, con cabecero de madera noble, parece hecha para el descanso de quien ha cruzado caminos largos, reales o imaginados.


Las colchas claras recuerdan la sencillez de las casas antiguas donde el sueño era un acto sagrado.



No hay excesos, no hay prisa. Las paredes blancas amplían el sosiego y el suelo de barro conserva el calor del día, como si aún recordara el sol manchego.



Aquí se duerme distinto. Se duerme despacio. Se duerme con la sensación de haber llegado a un lugar donde el alma también descansa.


El viajero deja la armadura —o la maleta— a un lado y comprende que no necesita nada más.


Y llega la mañana.


«¡Despertad, querido Sancho!, que es menester proseguir nuestro camino y deleitarnos en cercanas bodegas.»



No despierta con estridencias ni relojes impacientes. Amanece con la luz filtrándose entre las vigas, con el crujido leve de la madera y el aroma tibio del pan recién horneado.



El día comienza despacio, como todo en este lugar.


El desayuno no se sirve: se presenta.


La sala, amplia y serena, conserva la dignidad de un comedor antiguo. Mesas vestidas de blanco, sillas de madera pulida por el uso, lámparas que parecen recordar conversaciones de otros siglos. Aquí el viajero no se sienta a comer: se sienta a participar de un ritual.



El bufé es un pequeño mercado de calma. Bajo campanas de cristal descansan bollos dorados, cruasanes que crujen al partirse, bizcochos que saben a casa.

Magdalenas, rosquillas, galletas sencillas… dulces honestos, hechos sin prisa, como antes. Cada bandeja parece esperar pacientemente a ser descubierta.


El pan, cortado en rebanadas generosas, pide compañía. Aceite de oliva, oro líquido de la tierra; mantequillas, mermeladas que recuerdan huertos y veranos largos.



Patés, embutidos discretos, sabores salados que equilibran la mañana. Todo dispuesto con orden tranquilo, sin ostentación, pero con cuidado verdadero.



Y mientras se come, el comedor habla.

Habla con el roce de las sillas, con el murmullo bajo de otros viajeros, con la luz que entra por los ventanales y se posa sobre la madera.


Afuera, Daimiel continúa su ritmo. Dentro, el tiempo sigue sentado a la mesa.



El viajero comprende entonces que este desayuno no es solo el inicio del día. Es la prolongación del sueño. Una forma amable de regresar al presente sin abandonar del todo la historia.


Y cuando se levanta, saciado y sereno, vuelve a escucharse, en algún rincón discreto, el sonido inconfundible:

Tac… tac… tac…



Porque en esta posada de Daimiel el tiempo no se ha detenido. Ha decidido quedarse…

para seguir contando historias.




Muy pronto conoceremos su restaurante y la experiencia de sentirnos "Sancho" en una posada que nos trasladó a una época mágica donde su equipo de cocina nos enamoró...


CONTINUARÁ.....



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